El detective

 

UN DETECTIVE

           Alonso Cueto

     Un detective está sentado en su oficina leyendo el periódico. El día es frío, las paredes están desteñidas y un olor a humedad avanza desde el suelo.

     De pronto alguien aparece. Es una mujer de traje rojo, pelo negro largo y maquillaje exquisito; está entrando a su oficina. La mujer se presenta como la señora Pérez y le explica que es muy desdichada. “Creo que mi esposo me es infiel”, dice.

     Es lo común. Un caso como otros. El detective le habla de sus honorarios. Ella los acepta. Le pide datos sobre el marido. Ella se los da. Fotos, dirección del trabajo, lugares donde acostumbra estar.

Más tarde en la casa, el detective le habla del asunto a su esposa, Frida. Están viendo televisión. Ella asiente vagamente mientras él habla. Como si le estuviera siguiendo la corriente. El detective sabe que algunos problemas la agobian.

Esa noche el detective, sale a trabajar. Espera al señor Pérez a la salida de su oficina. Lo ve salir, lo sigue. En una sombría esquina cerca de un teatro, lo ve tocando a una mujer de pelo negro.

Un poco después ellos entran, dos sombras fosforescentes, a un restaurante. El detective se acerca con cuidado, Ver, tomar una foto y no ser visto.

Está tras la puerta, tiene la cámara a la mano, y de pronto retrocede. Se queda de pie, paralizado. La mujer con la que está cenando románticamente es su propia esposa, Frida. Los ve acariciarse. Se besan ahora.

El detective se trata de sostener. Pone la mano en un poste.

Vuelve al coche y se queda allí. Toda la vida con una mujer; haber hecho viajes, haber criado a dos hijos, haber soportado junto las duras, las tediosas angustias de la vida cotidiana. Todo eso a lo largo de los pasajes inmemoriales de diez años. ¿Para qué? Para encontrarse con que su mujer acaricia y tal vez ama a otro hombre. Haber construido un paraíso de emociones.

Sentado en el carro, el detective siente que las horas pasan indefinidamente. Toda su vida, un corredor largo de imágenes fulgurantes, desfila. De pronto, una lágrima humedece una franja de la camisa.

Pero ahora comprende, en medio de su dolor y su asombro, lo que ha sucedido. La señora Pérez sabía que su marido salía con la esposa de un detective. Sabía que era él. Pensó por lo tanto que si lo buscaba y le encargaba el caso a él, al marido, iba a descubrirlos y luego de la sorpresa, iba a matar al señor Pérez o a la mujer. En esa estratagema fabricada por la señora Pérez, el detective iba a ser el culpable del crimen y ella, la beneficiada.

Después de un rato prende el motor. Maneja rápidamente. Llega a la dirección. Es una mansión blanca de grades ventanales y enredaderas. La misma señora Pérez le abre. Parece sorprendida: ¿Ya lo sabe?, le pregunta. ¿Ya lo averiguó? Unos pesados aretes rojos se balancean en sus orejas enormes, la boca le brilla de rouge, los ojos se agitan, interrogándolo. Ya lo sé, dice el detective. Usted lo planeó. Usted sabía que su marido salía con mujer. Usted me mandó a matarlos cuando lo descubriera. Pero no calculó una cosa. Que usted es la que va a pagar por todo.

El detective saca un revólver y dispara. La cara de la mujer se estira en una especie de risa, luego en una máscara.

El cuerpo se viene abajo, como un edificio. Es un bulto en la loza de piedra. El detective mira hacia el fondo de la casa. Una luz, unos muebles azules, un tapiz en la pared. No hay nadie.

Regresa al coche, a toda prisa. Va a su casa. Entra al dormitorio. Su mujer está allí, la piel blanca, el cuerpo bien torneado bajo las frazadas, los dulces ojos cerrados en una eternidad de melancolía. Él se sienta. No puede negarlo. Ama a su mujer. Pero tiene un par de cosas que decirle ahora…

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